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miércoles, 1 de agosto de 2012

Moby Dick

El guión de Huston y Bradbury es más que aceptable. Todos los recortes y modificaciones son perfectamente comprensibles, puesto que la obra de Melville es, además de una novela, un documento histórico que describe minuciosamente y defiende la profesión ballenera –ya impopular por aquel entonces, aunque por motivos muy diferentes a los de hoy en día–, una propuesta primitiva de clasificación cetológica, una recopilación de citas históricas con la ballena como protagonista, etc. Esto implica una pérdida de información importante pero inevitable.

Lo bueno de esta versión, que es lo que la eleva por encima de cualquiera de las hechas hasta el momento, es el presupuesto. La fotografía es inmejorable, los efectos especiales están muy logrados (incluso hay escenas de caza real), la cámara se mueve muy bien y la música es aceptable (hay unos cánticos para el recuerdo).

Antes de nada es necesario apuntar que la inconmensurable obra de Melville va más allá de la acción narrada por Huston, quien haya profundizado en la novela sabe de lo que hablo. Por momentos se convierte en una verdadera enciclopedia sobre cetáceos, ahonda en todo lo que tiene que ver con la ballena, no sólo su caza, es por ello que la opción del director de acortar e ir al tema de la relación capitán/ballena blanca es un acierto necesario. 

Tercera adaptación cinematográfica del famoso relato de Herman Melville. La primera versión se realizó en 1926, bajo la dirección de Millard Webb; la segunda en 1930, con Lloyd Bacon como director y John Barrymore en el papel estelar. En la presente versión, colaboró en el guión el famoso escritor de temas fantásticos Ray Bradbury, rodándose en la misma Gran Bretaña con todo lujo de medios, ya que su coste de producción alcanzó cinco millones de dólares, lo que en 1956 constituia una cifra muy considerable. Esta película se rodó con un colorido muy particular, obtenido sobreponiendo al normal technicolor una matriz en blanco y negro para lograr un aspecto similar a una vieja estampa correspondiente a la época en la que se desarrolla la acción.

La trama de esta película se desarrolla en 1814 y comienza en New Badford, corazón de la industria ballenera de Nueva Inglaterra. Ismael (Richard Basehart) llega al puerto para enrolarse en un ballenero de los que continuamente están levando anclas para adentrarse en tenebrosos océanos. Al entrar en una posada encuentra a Stubbs (Hanry Andrews) , segundo oficial del "Pequod", que manda el capitán Ahab (Gregory Peck), y a varios de sus tripulantes. Ha de pasar la noche en compañía de Queequeg (Friedrich Ledebur), un indio cubierto de tatuajes y colecionador de cabezas humanas. Los dos hombres establecen un pacto de amistad y; al siguiente día, deciden embarcarse en el "Pequod". Transcurrido el primer día de navegación, Ahab hace su aparición en el puente y encarga al primer oficial, Starbuck (Leo Genn), que reuna a la tripulación cerca de él. Cumplido el mandato informa a todos que van en persecución de una ballena blanca conocida por "Moby Dick" y de que regalará una onza española de oro al primero que la divise. Ismael se siente fascinado por la figura arrogante del capitán, un personaje de leyenda con su poblada barba, su visible cicatriz en la cara y su amputada pierna, que ha sabido reemplazar por un hueso de ballena. Comienza así la gran aventura que supone la caza de la ballena blanca asesina, llamada "Moby Dick".

John Huston rodó una estupenda película de aventuras con todo el aroma que rebosaban los clásicos del género de antaño. No es ni el trabajo más conseguido del gran realizador ni la mayor aventura jamás rodada, aún así, tiene grandes rasgos que hacen si visión muy recomendada para todo aquel amante del cine de aventuras.

Para empezar, la trama ya es un punto muy a favor, donde un desgastado capitán únicamente vive y respira para cazar a una poderosa, gigante y mortal ballena llamada Moby Dick, convertida en la maldición de los marineros.

Gregory Peck consigue gracias a un elaborado maquillaje y a una muy buena interpretación, crear a un personaje de lo más pintoresco y carismático, obsesionado por la caza dela ballena blanca. El resto del reparto cumple muy bien, con personajes nutridos de una gran y diversa personalidad.

La película no creo que tuviera un presupuesto precisamente modesto, y eso se nota sobre todo en los primeros minutos gracias al nivel de elaboración de los decorados, que consiguen dotar de un encanto especial a la ambientación de la película consiguiendo la inmersión inmediata del espectador a ese mundo.

Quizá en otros aspectos se haya quedado algo más desfasada, pero sigue siendo un film muy disfrutable que además tiene unas escenas de acción muy agradables de ver. Gracias al talento de todos los integrantes y de sus recursos hacen que estemos ante una muy buena película del género, que sin ser brillante, es totalmente disfrutable.

TÍTULO ORIGINAL Moby Dick
AÑO 1956




DIRECTOR John Huston
GUIÓN Ray Bradbury, John Huston (Novela: Herman Melville)
MÚSICA Philip Sainton
FOTOGRAFÍA Oswald Morris
REPARTO Gregory Peck, Orson Welles, Richard Basehart, Leo Genn, James Robertson Justice, Harry Andrews, Friedrich Ledebur, Bernard Miles, Edric Connor
PRODUCTORA Metro-Goldwyn-Mayer
PREMIOS 1956: National Board of Review: Mejor director, mejor actor secundario (Richard Basehart)
1956: Círculo de críticos de Nueva York: Mejor director (John Huston)


SINOPSIS Nueva adaptación de la novela homónima de Herman Melville. Ahab (Gregory Peck), el capitán del Pequod, un barco ballenero, vive obsesionado por dar caza a Moby Dick, la gran ballena blanca que le arrancó una pierna y lo llenó de odio y sed de venganza. Por esta razón, consagra su vida a navegar incansablemente por los siete mares hasta que consigue dar con su presa.
CRÍTICAS ----------------------------------------
Maravilloso drama marino, basado en la famosa novela de Melville, que narra la odisea del estricto y arisco capitán Ahab, y su obsesiva y eterna lucha contra una enorme ballena blanca.

El mundo en sus manos

Entretenida película de aventuras, narrada con el pulso firme y hábil del veterano Raoul Walsh, especialista del género. La historia se inspira en la novela "The World In His Arms" (1946), la última de Rex E. Beach. La acción se desarrolla entre San Francisco y Alaska (antes de su adquisición por los EEUU en 1867). Esboza una explicación ajustada, aunque simplificada e incompleta, de los motivos que llevaron a los rusos a vender sus territorios americanos y a los americanos a comprarlos por 10 millones de dólares.

La música, de Frank Skinner, aporta fragmentos variados de baile, melodías festivas, pasajes que subrayan la acción, insertos cómicos y secuencias épicas y solemnes, como el "Main Tittle" y el "End Tittle". La fotografía, de Rusell Metty, desarrolla un relato visual vibrante, con escenas trepidantes de peleas, broncas colectivas, persecuciones en tierra y en el mar, que combina con imágenes documentalistas (playas de focas), escenas idílicas, de amor y desamor, contraluces emotivos, encuadres subjetivos picados y tomas contrapicadas, etc., montadas con notable acierto. Presta especial atención a las labores del mar, la navegación, el esfuerzo de los marinos, la belleza de las embarcaciones de mediados del XIX, a las que rinde testimonio de simpatía y admiración. Se beneficia de una adecuada y colorista recreación del vestuario y de los ambientes de época.

El humor se hace presente a través de dos personajes muy diferentes: el fiel esquimal y el pícaro y bribón portugués, aficionado a lo ajeno. Este crea los lances más divertidos y entrañables, a los que se añaden ocurrencias de guión, en algunos casos inespedas y sorprendentes (los tres rusos irlandeses). No faltan algunos apuntes patrioteros, junto a una clara apuesta por la igualdad de nacionalidades y etnias diferentes (rusos, chinos, esquimales, irlandeses, etc.), que conforman una enriquecedora sociedad plural como la americana. El realizador, en beneficio de la ironía y la farsa, contrapone el rigorismo anacrónico de la antigua aristocracia (en este caso la rusa) y el moderno informalismo de la próspera burguesía americana.

Es notable la interpretación de Peck, bien acompañado de Anthony Quinn y John McIntire. Ann Blyth cumple correctamente su cometido en un papel definido de acuerdo con los postulados del momento, muy propios del cine de Hollywood de los primeros años 50. Tal vez por ello recuerda las formas y el fondo de la interpretación de Janet Leigh en "Scaramouche" (1952).

La película está dotada de un acertado y absorbente sentido de la ventura, basado en la buena mano del realizador y su excelente manejo de los recursos dramáticos. La obra es entretenida y, en nuestra opinión, de gran interés. Es memorable la secuencia de la persecución de los dos veleros en el mar.

TÍTULO ORIGINAL The World in His Arms
AÑO 1952




DIRECTOR Raoul Walsh
GUIÓN Borden Chase (Novela: Rex Beach)
MÚSICA Frank Skinner
FOTOGRAFÍA Russell Metty
REPARTO Gregory Peck, Anthony Quinn, Ann Blyth, John McIntire, Andrea King, Carl Esmond, Eugenie Leontovich
PRODUCTORA Universal Pictures


SINOPSIS 1850. Jonathan Clark, el capitán de la goleta La peregrina de Salem, se enamora en San Francisco de la condesa rusa Marina Selanova, mientras recoge un valioso cargamento de pieles. Sin embargo, ella ha llegado a la ciudad para contraer un matrimonio concertado con el pérfido príncipe Semyon.
CRÍTICAS ----------------------------------------
"Una de las mejores películas de aventuras de toda la historia del cine. Una auténtica joya" (Fernando Morales: Diario El País)
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martes, 24 de julio de 2012

Matar a un ruiseñor

Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una grave fractura del brazo a la altura del codo. (…) Yo sostengo que Ewell fue la causa primera de todo ello, pero Jem, cuatro años mayor que yo, decía que aquello había empezado mucho antes, durante el verano que Dill vino a vernos, cuando él nos hizo concebir por primera vez la idea de hacer salir a Boo Radley. (…)

Matar un ruiseñorCuando mi padre fue admitido en el Colegio de Abogados, regresó a Maycomb para ejercer su profesión (…)

Sus dos primeros clientes fueron las dos últimas personas del condado que murieron en la horca. Atticus les había pedido que aceptasen la benevolencia del estado, que les conmutaría la pena si se declaraban culpables de un homicidio en segundo grado. (…)

Maycomb era una población antigua, pero cuando yo la conocí también era una población fatigada.

 En los días lluviosos las calles se convertían en un barrizal rojizo; la hierba crecía en las aceras, y el edificio del juzgado parecía que iba a desplomarse sobre la plaza.

 En verano hacía mucho calor: los perros sufrían durante el día y las flacas mulas enganchadas a los carros espantaban moscas a la sofocante sombra de las encinas de la plaza. A las nueve de la mañana, los cuellos duros de los hombres perdían su tiesura.

Las damas se bañaban antes del mediodía y después de la siesta de las tres, pero al atardecer estaban como blancos pastelillos recubiertos de sudor y talcos.

La gente se movía despacio.

Cruzaba cachazudamente la plaza, entraba y salía de las tiendas con paso calmoso, se tomaba su tiempo para todo.

El día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. Sin embargo, era una época de vago optimismo para algunas personas: al condado de Maycomb se le había dicho que no tenía nada que temer, sólo a sí mismo”.
Es la cautivadora voz de Jean  Louise Finch, Scout,  que evoca un episodio crucial en su vida y en la de su pueblo de Alabama, a través del cual se ve a todo Estados Unidos, en Matar a un ruiseñor.

 Son los sombríos años treinta y dos  pequeños  hermanos huérfanos de madre viven con su padre, Atticus Finch, en algo parecido a un apacible paraíso con sus alegrías, peleas y miedos en el vecindario donde hay una misteriosa casa; hasta que llega a pasar las vacaciones otro niño, Dill, y serán los tres quienes descubrirán la realidad del mundo del que forman parte, cuando, enfrentados a sus propios temores y aventuras, Atticus decide defender a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca.

 Los niños conocerán, entonces, la verdadera cara de su país, de su sociedad y la familia zurcida de prejuicios, especialmente los aciales que lo alteran todo porque los negros carecen, entre otras cosas, de respaldo judicial.

A través de la vida de los dos hermanos, luego de la desconfianza ante la llegada otro niño al vecindario, de alguien desconocido, luego el tanteo de amistad entre ellos y su posterior acercamiento y a partir de ahí las aventuras donde se cruzan la infancia y la vida adulta, Harper Lee (Alabama, Estados Unidos, 1926) escribió su única y maravillosa novela: Matar a un ruiseñor.

 Una historia narrada desde la sencillez que guarda la gran literatura esparcida de emotividad, enseñanza, frescura y humor a través de unas voces infantiles ingenuas y verosímiles donde aboga por la igualdad, la convivencia, el respeto y el aprecio a las personas; todo ello con un manejo del ambiente donde las horas parecen tomarse su tiempo mientras los hechos aceleran la vida. Este es el verano literario que les propongo visitar hoy y comentar...

Harper Lee, que obtuvo el premio Pulitzer en 1961, escribió Matar a un ruiseñor inspirada en un acontecimiento real que conmovió a la sociedad de su país en 1931, y que cuenta en la voz de la niña, Scout que un pasaje de la novela dice…

Matar un ruiseñor tresn iñosCuando yo estaba a punto de cumplir seis años y Jem se acercaba a los diez, nuestras fronteras infranqueables durante el verano (es decir, al alcance de la voz de Calpurnia) eran la casa de la señora Henry Lafayette Dubose, dos puertas al norte de la nuestra, y la Mansión Radley, tres puertas hacia el sur. Jamás sentimos la tentación de traspasarlas. La Mansión Radley la habitaba un ente desconocido, la mera descripción del cual nos hacía portar bien durante días. La señora Dubose era el mismísimo demonio.

Aquel verano vino Dill.

Y ese Dill no es otro que la encarnación del escritor Truman Capote, de quien Harper Lee fue amiga desde la infancia en Alabama, sur de Estados Unidos.

Y con la llegada de Dill, en la novela, los tres niños conquistarán más mundo, ampliarán sus fronteras desde la curiosidad, el temor, el riesgo, la valentía y la aventura.

 Mientras tanto Atticus, el padre, esa especie de héroe que confronta al lector con su forma de actuar y su ética también los inicia en el mundo real con su caso de defensa al hombre negro y con momentos hogareños como este:

“Jem- dijo- ¿eres el responsable de esto?
-    Sí, señor.
-     ¿Por qué lo has hecho?
Jem respondió en voz baja:
-    Ella ha dicho que defendías a negros y canallas.
-    ¿Lo has hecho porque ella dijo eso?
Los labios de Jem se movieron, pero su “sí, señor” resultó inaudible.
-    Hijo, no dudo que tus contemporáneos te molesten mucho a causa de que yo defienda a los nigros, como vosotros decís, pero hacerle una cosa así a una dama anciana no tiene excusa. Te aconsejo que vayas a presentarle tus disculpas. Después regresa a casa. (…)
-    Scout –dijo mi padre-, cuando llegue el verano tendrás que conservar la calma ante cosas mucho peores… No es justo para ti y para Jem, lo sé, pero a veces hay que tomar las cosas del mejor modo posible, y saber comportarse cuando están en juego las apuestas…
Bien, todo lo que puedo decirte es que cuando tú y Jem seáis mayores, quizá recordaréis esta época con cierta compasión y con la certeza de que no os traicioné.
Este caso, el de Tom Robinson, es algo que atañe a la esencia misma de la conciencia de un hombre… Scout, yo no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si me negase a ayudar a ese hombre.
-    Pero es posible que te equivoques…
-    ¿Por qué lo dices?
-    Muchos creen que tienen razón ellos y que tú te equivocas.
-    Tienen derecho a creerlo, ciertamente, y tienen derecho a que se respeten sus opiniones –contestó Atticus-, pero para poder vivir con otras personas tengo que poder vivir conmigo mismo.
La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno. (…)
.

La novela con sus dos historias, la de los niños y la casa misteriosa y la de la defensa de Atticus avanzan y se entrecruzan formando una sola vida. Donde los días y los hechos se suceden…

“La Mansión Radley había dejado de asustarme. En los días serenos continuábamos viendo a Natham Radley yendo y viniendo del centro; sabíamos que Boo continuaba en casa, por la misma razón de siempre: nadie lo había visto todavía salir.

 A veces sentía una punzada de remordimiento al pasar por delante de  la vieja mansión, por haber tomado parte alguna vez en cosas que hubieron podido significar un vivo tormento para Arthur Radley… ¿Qué recluso razonable quiere que unos niños le espíen por la ventana, le envíen noticias de saludo con una caña de pescar y ronden por su huerto de noche?. (…)

Nos habían ocurrido tantas cosas que Boo Radley era el menor de nuestros miedos. Atticus aseguraba que no veía que pudiese ocurrir nada más, que las cosas tenían la virtud de reencauzarse por sí mismas, y que cuando hubiera pasado tiempo suficiente la gente olvidaría que un día habían dedicado su atención a Tom Robinson.

Quizá Atticus tenía razón, pero los acontecimientos del verano continuaban suspendidos sobre nosotros como el humo en un cuarto cerrado”.

Un año después de su publicación en 1960, Matar a un ruiseñor obtuvo el Pulitzer y en 1962 fue llevada al cine de manera espléndida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck.

Este es el Verano literario a donde los invito a viajar hoy, a un clásico de la literatura estadounidense del siglo XX. ¿Qué les parece el libro y la manera como la autora mostró la vida real a los tres niños? ¿Y Atticus, qué harían ustedes en su lugar?

* Matar a un ruiseñor. Herper Lee. Traducción de Baldomero Porta (Ediciones Zeta Bolsillo)

Publicado en: Huequitos de sol 


 

sábado, 24 de marzo de 2012

Gregory Peck




Gregory Peck tenía todas las condiciones que acompañan a un gran actor: altura, elegancia, belleza, una grave y profunda voz, y una gran sobriedad frente a las cámaras. “¿Conocéis la expresión alto, moreno y guapo? Pues así fui conocido durante muchos años”, solía recordar. Sin embargo nunca fue un divo, ni se dio aires de estrella. “¿Qué es lo que queda cuando echo la vista atrás?”, se preguntaba en voz alta poco antes de morir. “No es la fama sino el trabajo y sobre todo, la familia. Cuando en el transcurso del tiempo todo lo demás va desapareciendo, lo único que permanece son las pocas veces que hice un buen trabajo y mi familia”.


Algunas de las mejores películas en las que intervino fueron  Mi desconfiada esposa, junto a Lauren Bacall, Arabesco, con Sofia Loren, o El cabo del terror.


Gregory Peck nació el 5 de abril de 1916 en La Jolla, California. De niño su abuela le llevaba al cine todas las semanas y así muy pronto nació su deseo de convertirse en actor. En 1942 debutó en los escenarios de Broadway y un año después ya estaba en Hollywood rodando su primera película, Días de Gloria.


Trabajó a las órdenes de los mejores directores del Hollywood clásico como Alfred Hitchcock, Robert Mulligan, Vincente Minelli, Elia Kazan, Henry King o Raoul Walsh y solía interpretar a personajes que encarnaban las virtudes americanas más sencillas, como hizo en El despertar, o que tenían profundas convicciones éticas y morales, como el inolvidable Atticus Finch de Matar a un ruiseñor, por el que ganó el Oscar al mejor actor en 1963. Pero también se le recuerda por los pocos personajes que hizo de malo, como el de Lewt McCanls de Duelo al sol, o el siniestro doctor Mengele de Los niños del Brasil.


Gregory Peck murió el 12 de junio de 2003 en Los Ángeles añorando siempre la época dorada de Hollywood en la que durante tantos años trabajó y triunfó. “En una ocasión hice una película con Ava Gardner y cuando caminábamos por los decorados del estudio para ir a almorzar, todos los que allí trabajaban, desde los ejecutivos a los operarios, se paraban para ver caminar a Ava. Me parece que aquellos tiempos eran más divertidos”.


domingo, 1 de mayo de 2011

Gregory Peck






Eldred Gregory Peck (La Jolla, California, Estados Unidos, 5 de abril de 1916 - Los Ángeles, California, 12 de junio de 2003), conocido como Gregory Peck, fue un actor del cine clásico estadounidense ganador del premio Óscar.


Hijo de Gregory Pearl Peck, un farmacéutico de ascendencia armenio-irlandesa y Bernice Mae Ayres, de ascendencia escocesa. El padre de Peck era católico y su madre se convirtió al catolicismo después de casarse. A pesar de ese estricta vida centrada en el catolicismo, sus padres se divorciaron cuando él era aún muy niño y su infancia transcurrió en compañía de su abuela, una gran aficionada al cine. De padre farmacéutico, se propuso estudiar Medicina, pero abandonó la idea en la Universidad de Berkeley, cuando descubrió su vocación por la interpretación en el grupo de teatro de la facultad. Fue a actuar y a estudiar interpretación a Nueva York, en la famosa Neighborhood Playhouse. En 1941 debutó en el teatro, en Broadway, con obras como The morning star o The Willow and I.



En 1944 abandonó los escenarios para centrar su carrera en el cine. Su debut cinematográfico se produjo con Days of Glory (1944), película dirigida por el director francés Jacques Tourneur.
El éxito le llegó con su segunda película, Las llaves del reino (1944), de John M. Stahl, por la cual fue nominado al Óscar por primera vez.




En 1945, Alfred Hitchcock le confió el papel protagonista de Recuerda, coprotagonizada por Ingrid Bergman, y dos años más tarde conmovió a los espectadores en la apasionada y trágica escena final de Duelo al sol de King Vidor, (1947), con Jennifer Jones.




Actor de recursos relativamente limitados en cuanto a su versatilidad, pero sobrio y eficaz, dueño de una sólida prestancia escénica e innegable atractivo masculino, cuya característica principal era la destacable expresión de su torva mirada con que remarcaba sus personajes. Intervino en westerns, comedias, películas bélicas, románticas y costumbristas, etc.



Algunos de los títulos de los filmes que interpretó son: La barrera invisible (1947); Cielo amarillo (1948); El mundo en sus manos (1952); Vacaciones en Roma (1953); Horizontes de grandeza (1958); La hora final (1959); La conquista del Oeste (1962); Matar un ruiseñor (1962), por la que ganó un Óscar; Arabesco (1966); El oro de Mackenna (1969); Yo vigilo el camino (1970), La profecía (1976), Los niños del Brasil (1978) y The Scarlet and the Black (1983).


Una de sus más logradas interpretaciones y quizás la más recordada fue la del intrincado capitán Ahab en Moby Dick, dirigida por John Huston en 1956.


Mantuvo un prolongado estatus como estrella de Hollywood de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, iniciando su declive artístico en los setenta. Sin embargo, es uno de los pocos mitos clásicos de Hollywood que se había mantenido en activo hasta finales del siglo XX.